Centenera

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Dirección Plaza Mayor, 1 Centenera 19151
AlcaldePilar Monge Espada
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HISTORIA: 

CENTENERA, se sabe que fue uno de los lugares que formaban la jurisdicción y tierra de la ciudad de Guadalajara, a la que parece estuvo sujeto desde los ignorados principios de su existencia.

La mención más antigua que de Centenera se conoce aparece en una escritura de donación de varias fincas que hizo la infanta Doña Isabel a las monjas de Santa Clara de Guadalajara: las fincas eran unas casas y unas viñas en Centenera de Yuso. Lleva, la escritura la fecha de Guadalajara 10 de Septiembre de 1309.

Mencionado está también el otro Centenera, el de Suso, en una carta de venta fechada en dicha ciudad en 2 de Mayo de 1347; y en un contrato de trueque entre las monjas del mismo monasterio y un vecino de Valdeavellano aparece también Centenera de Yuso, porque el objeto del cambio eran unas viñas de su término.

Cuando Felipe III, por apremios de las guerras y de otras grandes necesidades, apartó de la jurisdicción de Guadalajara varias aldeas para venderlas a personajes que querían crear señoríos y mayorazgos, tocó esta suerte a Centenera de Yuso o de Abajo, siendo el comprador D. Carlos de Ibarra, la venta es seguro que fue antes de 1629, puesto que en este año D. Carlos ejercitaba su señorío y adquiría el patronato de la capilla mayor de la iglesia.

El mismo magnate, que había aumentado su haber y ennoblecido más su nombre en el servicio de la Corona, se llamó vizconde de Centenera, título que se conservó durante mucho tiempo. Así se le llamaba ya en 1638, en papeles que referían sus gloriosos hechos de guerra. Vizconde de Centenera se apellida también, en el expediente de pruebas para recibir el hábito de Santiago, D. Diego de Ibarra, hijo de D. Carlos y nacido en Centenera, como consta en el mismo expediente.

Fue, pues, personaje principal de la poco brillante historia de este pueblo D. Carlos de Ibarra, señor del mismo, como lo era de las villas de Taracena, Villaflores y Valdefuentes, que llamamos hoy respectivamente Iriepal y Valdenoches. Era hombre de gran estado, pues como general de la Armada mandó escuadras, distinguiéndose en funciones navales y en cargos de empeño. La lectura de su testamento, que otorgó siendo capitán general de la escuadra y estando en la Carraca a 15 de Marzo de 1637, demuestra el cariño que tuvo a Centenera. Porque lo primero que ordenó en dicha escritura fue que se le enterrase en la bóveda de la capilla mayor de la iglesia, conforme al derecho adquirido como patrono en 1629, confirmado por los gastos, obras y regalos que a la misma iglesia había hecho constantemente desde que adquirió la villa al comprársela al rey, pues antes era del real señorío.

Este personaje, cuyo nombre suena mucho en los sucesos de su tiempo, instituyó en Centenera una piadosa obra, quizá imitando a la que estableció en Torija el insigne capitán, escritor y diplomático D. Bernardino de Mendoza en perpetuo laude del Santísimo Sacramento. Conforme al estatuto, la Congregación del Santísimo de Centenera, aprobada por el Cardenal Infante y ampliada más tarde por D. Carlos, estando en dicha villa á 2 de Enero de 1637, debía constar de siete sacerdotes y un rector, número que se aumentó hasta doce en 1632, pero que, nunca fue real, reservando el patronato de la cristiana fundación para quien tuviese el mayorazgo de la casa y el prior de los jerónimos del cercano monasterio de Lupiana. Gastó en ello mucho dinero, pues además de dejar rentas bastantes para el sustento de los congregantes y sus criados, dio muchos y ricos ornamentos, alhajas, libros, vasos sagrados, juros, fincas, un molino, huertas, renta sobre las alcabalas de Madrid y seiscientas velas de a libra, advirtiendo D. Carlos que estos gastos no procedían de sus bienes propios, sino de limosnas de varias personas y también “de baratos de juegos,” advertencia cautelosa para que no se considerase comprometida la integridad de bienes del mayorazgo, atando así las reclamaciones que los futuros poseedores del mismo pudiesen hacer contra la misma fundación, notando también que los gastos hechos para sepultar a su padre en la iglesia habían tenido legal recompensa. El cuidado del fundador por el lustre de su institución, le hizo consignar en la escritura de dote de los mismos pormenores de bastante interés para nosotros. La fundación quedó anulada por la injuria de los tiempos y de las revoluciones.

De la casa de los Ibarras pasó el pueblo a otras no menos ilustres. Al mediar el siglo XVIII era señor de la villa el marqués de Valdecarzana y de Peñaflor, que a estos títulos juntaba el de vizconde de Centenera, aunque no tenía otros derechos que el nombramiento de justicias y un presente por Navidad de poco valor.

Hubo antes del siglo XVI dos pueblos vecinos que llevaban el nombre de Centenera, y para distinguirlos se llamaba de Yuso o de Abajo que aún existe, y al otro de Suso o de Arriba, mereciendo este nombre, no sólo porque está en la parte más septentrional del terreno, sino porque lo establecieron, no en el fondo del valle como al de Abajo, sino en las alturas, donde el terreno empieza a ceder para formar la profunda hondonada.

Actualmente dudan en el Centenera vivo dónde estaba el Centenera muerto, de tal suerte que creen que su asiento fue donde ahora llaman los Pradillos; pero es de creer que este sitio corresponde al despoblado del Villar, que menciona el capítulo 50 de la relación. Porque consta ciertamente que Centenera de Yuso estuvo en una altura, casi enfrente de Aldeanueva de Guadalajara, donde quedan los vestigios de una iglesia que llaman de San Marcos, nombre que no se refiere, sin duda, al pueblo, sino a la misma iglesia, cuyo titular sería aquel evangelista. En 1751 comenzó un pie¡to muy empeñado entre la villa de Atanzón y la de Aldeanueva, que se disputaban el mejor derecho o la propiedad del término de San Marcos, y en los autos, reclamaciones y testimonios se dice que “es Centenera de Arriba,” afirmación que también se hace en otros papeles en el menguado archivo municipal de Aldeanueva.